Manuel de Zúñiga: El último caballero barroco

Una bala de mosquete le atravesó el torso a la altura del brazo izquierdo, saliéndole por el espinazo. Era el 13 de julio de 1686, y tres días después murió en el campamento cristiano. Su cuerpo fue embalsamado y repatriado a España, entre las muestras de respeto de la nobleza europea, del propio monarca español, Carlos II, y del Papa Inocencio XI.

La leyenda de Manuel de Zúñiga y Guzmán arranca en el punto exacto en el que cayó herido, a las puertas de Buda, actual Budapest, formando parte del ejército internacional de la Liga Santa que se enfrentaba a las tropas del sultán turco Mehmed IV. Tenía al morir 29 años.

“Era una persona profundamente religiosa, y con cierta tendencia a la melancolía. No se le daba bien la vida en la Corte, y quizás por eso tuvo una destacada trayectoria militar. Fue el último Zúñiga que hizo carrera de armas”.

Grabado del X duque de Béjar impreso en la novela Rumbos Peligrosos, de Penso de la Vega

Emiliano Zarza conoce bien la vida del X duque de Béjar. Hace 10 años comenzó a investigar la vida de Baltasar de Zúñiga, hermano pequeño de Manuel, que heredó el título de marqués de Valero. Lo hizo por una cuestión personal, al ser Emiliano natural de San Miguel de Valero. Le interesaba el perfil del menor de los nobles bejaranos, que fue virrey de Navarra, Cerdeña y Nueva España. Pero sus pesquisas en el Archivo Histórico de la Nobleza en Toledo le descubrieron la figura inmensa de Manuel, el guerrero. Dejó aparcada la investigación de su hermano Baltasar y se centró en el primogénito de la casa bejarana.

“Es el prototipo del caballero del siglo XVII. Un personaje clásico del barroco, con una vida interesantísima que trascendió su época. Más de un siglo después de su muerte aún se representaban en Madrid obras de teatro sobre su participación en el sitio de Buda”, desgrana Zarza, profesor de Historia en el Instituto Fray Luis de León de Salamanca, e investigador en su tiempo de ocio.

Para completar su biografía el sanmigueleño ha tenido que indagar en el Archivo de la Nobleza, pero también en la Biblioteca Nacional, en el Provincial de Salamanca, en el archivo de la Biblioteca de Sevilla y en Simancas, entre otros. Incluso tuvo que solicitar un documento de los Archivos Vaticanos.

El investigador se explica con la pasión propia de quien ha dedicado parte de su vida a sacar a la luz la de otro, al principio casi un desconocido, y hoy un nombre asociado para siempre a su trayectoria como historiador. “Manuel de Zúñiga fue el último guerrero de los de su casa, y con él se completa la transición de la nobleza periférica a la cortesana. Tuvo una vida breve pero intensísima. Y he podido averiguar que era un hombre leído, y un gran amante de la geografía. Viajó por Europa, se relación con otros grandes del viejo continente y es muy posible que se desenvolviera con soltura en francés”.

Huérfano desde los cuatro años, se crió bajo el influjo poderoso de su tío Rui Gómez de Silva. Fui instruido en el gobierno de sus estados y en las artes de la guerra, y pronto se vio envuelto en las intrigas en torno a Carlos II y su madre, la reina regente Mariana de Austria.

Fuera del circuito cortesano, el joven duque de Béjar maniobró para casarse con la heredera del trono portugués, la infanta Isabel Luisa, conocida como la eterna novia. Pero sus gestiones no fructificaron, y poco después se desposó con la hija mayor del Conde de Lemos, María Alberta de Castro.

Su carrera militar se fraguó en Flandes, donde el duque bejarano sirvió en el llamado Tercio de Velasco, en el que fue maestre de campo. Desde allí pidió permiso a la Corona para incorporarse a la Liga Santa en la lucha contra la Sublime Puerta, el ejército turco que asedió la ciudad de Viena en 1684, pero no lo obtuvo.

Su leyenda como militar valeroso y audaz comenzó a tomar forma en la defensa de la plaza flamenca de Oudenaarde, pero la Paz de Ratisbona le trajo de nuevo a la península. Y en abril de 1686 partió como voluntario a luchar contra el turco, formando parte de un ejército internacional en el que se codeó con otros nobles europeos de la talla del Duque de Berwick, el alemán Luis Guillermo de Baden y el galo Marqués de la Verne, y siendo recibido en audiencia personal en Viena por el emperador Leopoldo I de Austria.Tumba actual de Manuel de Zúñiga en Béjar FOTO MJ SANTAMARTINA

En el asalto a Buda solicitó luchar a la vanguardia del ejército cristiano, y a la puerta de la muralla un disparo de mosquete puso fecha a su epitafio. La fama de aquellos sucesos le sobrevivió durante décadas. Poetas, escritores y dramaturgos loaron la figura del noble, al que se le atribuyeron varios milagros. Representaba al valeroso soldado español que dio su vida por la fe, en un momento, la Contrarreforma, en el que la partida se jugaba en el campo de batalla, pero también en el territorio sagrado de la religión.

“Su muerte quedó reflejada en numerosas relaciones de sucesos, las crónicas periodísticas de la época, y el relato puede encontrarse en numerosos idiomas. Curiosamente el duque Manuel de Zúñiga ha quedado en el olvido en España, pero en países como Hungría es objeto de un interesante estudio histórico”, remata Zarza, quien centra ahora su trabajo en el objetivo inicial de sus intereses, Baltasar de Zúñiga, de quien prepara una monografía.

 

El descanso eterno tuvo que esperar

Las peripecias de Manuel de Zúñiga no terminaron con su muerte. Tras ser embalsamado y repatriado a España desde el campo de batalla, su cuerpo fue venerado por las ciudades por las que pasaba como “glorioso campeón de la fe católica”, en palabras del prior de la Cartuja de Miraflores, en Burgos. Llegó a Béjar a comienzos del año siguiente, pero aún hubo de esperar a la ejecución de las obras de su mausoleo.

Su entierro paralizó la villa el 16 de julio de 1687, y antes de recibir sepultura su corazón fue enviado al Monasterio de Guadalupe, donde aún hoy permanece a los pies de la capilla de la iglesia. Dos siglos después, en 1871, unas obras realizadas en el antiguo Convento de la Piedad de Béjar descubrieron cuatro cadáveres, uno de los cuales fue identificado por el erudito local Nicomedes Martín Mateos como el duque don Manuel. Sus restos se trasladaron al cementerio de San Miguel, donde reposan.

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Texto publicado originalmente el 13 de enero de 2018 en El Día de Salamanca.

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