Héroe sobre mármol verde

Hay frases que son sentencias pidiendo a gritos el mármol, como hay personas que salen a la vida llamando a la muerte sin miedo ni conocimiento. Dejó escrito William Shakespeare que “La paz y la abundancia engendran cobardes. La necesidad fue siempre madre de la audacia”, y lo cierto es que Joseph Fronsky encaja en ambas partes de esa afirmación. Fue un héroe en el tiempo en que hicieron falta valientes y locos a partes iguales para alzar banderas y cargar pistolas, y su premio fue la decadencia de los funcionarios decimonónicos del turnismo, nombrados y cesados a merced de la marea maldita de los cambios de gobierno y de la inestabilidad de una España débil, que se resistió al diagnóstico de la historia hasta que los Estados Unidos le pintó la cara delante del mundo y del siglo XX.

Se cumplen ahora 105 años de la muerte y el entierro de un héroe polaco que nació en Lituania cuando era Rusia, se casó en Inglaterra, subió al cielo de los revolucionarios en la España de Isabel II y sirvió treinta años como diplomático en una cadena de destinos que se deslizó siempre cuesta abajo, desde la moderna Canadá hasta la Angola colonial.

Grabado aparecido en La Ilustración Española sobre los sucesos revolucionarios de Béjar

Grabado aparecido en La Ilustración Española sobre los sucesos revolucionarios de Béjar

José Fronski en su nombre castellanizado. Fue un ingeniero polaco que pasó a la historia por capitanear las fuerzas populares que, acantonadas en Béjar durante la última semana de septiembre de 1868, vencieron a las tropas de Isabel II en una de las muchas guerras civiles que se sucedieron en el siglo XIX, y que le valió el destierro a Su Alteza Real y el estreno del primer régimen democrático de nuestra historia. En menos de diez días pasaron más cosas que en diez años, con un levantamiento civil y militar capitaneado por Juan Prim y varios enfrentamientos armados, desde el más conocido del Puente Alcolea, en el que se libró la suerte de la soberana, a los alzamientos de Santander, Alcoy y Béjar, entre otras poblaciones. Lo excepcional de este último fue el carácter estrictamente ciudadano del movimiento, que reunió a patronos y obreros durante una semana para hacer frente al asedio del ejército realista, que tuvo lugar durante toda la jornada del día 28, y que tras su fracaso desembocó en una matanza de civiles fusilados a las afueras de la ciudad por las tropas derrotadas.

No es el momento de contar la vida de Fronsky, que corre por otros derroteros que luego explicaré, porque hoy toca hablarles de su muerte. Tuvo lugar en el barrio londinense de Hampstead, un elegante suburbio al Norte de la ciudad, con casas de tres plantas y zonas ajardinadas, limpias avenidas e iglesias victorianas, en una de las cuales despidieron al héroe antes de entregarle a la tierra, en las profundidades del cementerio local, el 31 de mayo de 1910.

Estación de bomberos de West Hampstead

Estación de bomberos de West Hampstead

La calle Fortune Green recorre el barrio de norte a sur, salpicada de zonas verdes y de edificios de principios del siglo XX. Desde la estación de Metro de West Hampstead se tarda una media hora caminando hasta la puerta del campo santo. Hice ese trayecto hace justamente dos años, pensando en cerrar una parte de mi vida dedicada a investigar la suya, la del héroe polaco cuyo apellido imposible aparece en las reseñas del 68 bejarano junto a los próceres locales. Llevaba anotada la referencia exacta de su sepultura, obtenida de un libro casi esotérico titulado Polacos enterrados en Londres, en el que encontré la reseña de su enterramiento.

La necrópolis está dividida en dos mitades, separadas por una edificación religiosa y un pequeño campanario exento. En la primera parte, la más cercana a la puerta, un pequeño ejército de jardineros se esmeraba en cuidar el césped y los numerosos árboles que embellecen aquel lugar, pero más allá de la torre se extendía el laberinto abandonado de las tumbas más antiguas, las de principios del siglo XX. Junto al camino principal, una maraña de hiedras, zarzas, helechos y otras plantas invasivas sugería algunas cruces y lápidas en la espesura de la selva de los muertos. Imposible encontrar allí nada ni a nadie, noble o villano.

Vista cenital del Hamsted Cementery

Vista cenital del Hamsted Cementery

Así que tuve que echar mano de un héroe para encontrar a otro. De esta forma Lee, el jardinero amable que sonreía al escuchar el relato de la vida de Fronsky mientras descargaba todo tipo de hoces, hachas y calabozos de la camioneta, se adentró en la naturaleza desatada de cien años de silencio y de humedad buscando el último rastro del polaco.

Treinta minutos tardó en abrir un sendero minúsculo a cuyo alrededor no se adivinaba nada. Dejamos atrás las cruces, los ángeles de piedra, las lápidas labradas, y solo un murete de medio metro a nuestra derecha daba señal de que, en algún momento y hace más de un siglo, aquel lugar se levantó por la mano del hombre para sepultar a los que se caían para siempre.

Lee desbrozando el cementerio

Lee desbrozando el cementerio

Se ayudaba de un mapa tremendo con centenares de casillas, y cada cinco o seis metros se quitaba los guantes y palpaba con los dedos el canto de alguna piedra, buscando un código invisible que, me explicó después, tienen grabadas todas las tumbas, para poder reconocerlas si, como era el caso, la naturaleza había borrado el resto de las huellas.

Lee fue apartando la vida para encontrarnos con la muerte, y al llegar a un punto concreto, después de comprobar el canto de la piedra correspondiente, me señaló un espacio en el suelo, un rectángulo recién segado por el que corría algún caracol, sin rastro de lápida o de inscripción. Desde luego aquello era una tumba, pero no me pareció la de un héroe. Si acaso la del soldado desconocido. Así que le interrogué de nuevo y empecé a preguntarme qué prueba podría dar a mi regreso para anunciar que había encontrado el enterramiento del capitán bejarano, que descansaba de forma anónima y casi montaraz en la mitad abandonada de un cementerio de Londres.

Detalle de la esquina de una casa en West Hampstead

Detalle de la esquina de una casa en West Hampstead

Al jardinero no le hizo falta idioma alguno para comprobar mi decepción, y con una renovada sonrisa me confirmó que estábamos ante los restos de quien yo buscaba. Me apartó a un lado, se agachó y, sujetando por debajo el tupido tapete verde que recorría el murete lateral, tiró de él hacia arriba como si se tratara de la trapa de un comercio cerrado, y salieron al sol de mayo varias lápidas verticales, verdes, tan juntas y tan llenas de vegetación que a mí me habían parecido una pequeña pared todo aquel tiempo.

Aquel manto vegetal había preservado del sol y la lluvia las letras metálicas con los nombres de Fronsky y de su esposa, Lydia Cayford, que le sobrevivió dos años. El brazo poderoso de Lee, y antes de eso las pesquisas históricas de otra polaca relacionada con Béjar, Dominika Ratka, que me puso sobre la pista, devolvieron la luz del Sol a su recuerdo.

Fronsky's grave

Lápida sepulcral de Joseph Fronsky

En ese momento pensé que podía haber comprado unas flores, pero me consolé pensando que no les hacían falta, rodeados de una selva increíble y feraz en medio de una de las ciudades más pobladas del mundo. Miré el sendero por el que desaparecía Lee y me dije a mi mismo que, de alguna forma, habíamos liberado al héroe de su prisión esmeralda y del anonimato de un siglo de silencio y sombra.

“Te encontré” -le dije-. “Gracias por formar parte de nuestra historia. Ahora les contaremos la tuya”.

PD. La vida de Fronsky forma parte de una investigación histórica que espero terminar próximamente. Para saber más sobre él puede consultarse esta entrada del blog de mi amiga Carmen Cascón.

Hay frases que son sentencias pidiendo a gritos el mármol, como hay personas que salen a la vida llamando a la muerte sin miedo ni conocimiento”

 

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