Filantropía

Este verano arrancó con una noticia sorprendente y esperanzadora: un millonario norteamericano hacía pública su intención de donar una fuerte suma de dinero (29.000 millones de euros, da miedo hacer el cálculo en pesetas) a la Fundación Bill y Melinda Gates, que ha su vez han logrado aumentar esa cifra hasta los 60.000 millones con su aportación personal y el apoyo de otros magnates.

La filantropía, entendida como el apoyo de las grandes fortunas a proyectos de carácter social no lucrativos, forma parte de la Historia con una antigüedad casi idéntica a la de la propia Economía. Pero es ahora, dicen los expertos, cuando el fenómeno ha entrado en una nueva edad de oro, con las iniciativas de millonarios de la talla de los citados o de George Soros, que dedica parte de sus ganancias especulando en las bolsas de todo el mundo a la ayuda de millones de personas que no cotizan ni siquiera para sus propios países.

La historia de Andrew Carnegie (…) tiene su correspondencia en la figura de un salmantino cuyo nombre figura con caracteres destacados en la historia del mecenazgo local: Samuel Solórzano”

En este fenómeno, como en todos, podemos encontrar referencias locales. Quizás no tan espectaculares en las cifras, pero no por ello menos destacables. Así, la historia de Andrew Carnegie, el emigrante escocés que amasó una tremenda fortuna en Estados Unidos con el acero y que destinó a comienzos del siglo XX el equivalente a 5.600 millones de euros a la construcción de bibliotecas, tiene su correspondencia en la figura de un salmantino cuyo nombre figura con caracteres destacados en la historia del mecenazgo local: Samuel Solórzano Barruso.

La historia de Solórzano, como la de muchos de los empresarios generosos que le precedieron, es digna de un guión de cine. Pero no tiene nada de ficción. De la lectura de sus memorias, editadas por el Consejo Social de la Universidad de Salamanca en 2001, se regresa con la sensación de haberse asomado a una gran historia. De ascendencia navarra, vivió sus primeros años en Sequeros, donde su padre trabajaba para la Hidroeléctrica del Río Francia. De esa época le vino su afición por los trabajos de ingeniería y su amor por la naturaleza.

Solórzano fue un trabajador incansable, pero eso no basta para hacerse rico. A su tesón y constancia le unió el joven Samuel una especial habilidad para poner en marcha nuevos proyectos, para arriesgarse a iniciar empresas no exploradas, rompiendo los tópicos sobre la escasa capacidad para emprender de los empresarios locales. A partir de los años 40 trabajó en numerosos campos de la ingeniería, y en todos ellos dejó su huella: en el sector de la harina, y asociado con una empresa suiza, contribuyó a la mejora de la producción con el uso de tubos de aire comprimido para transportar el cereal. En Béjar colaboró con las empresas textiles para mejorar el suministro eléctrico, y puso en marcha una central hidroeléctrica en Puente del Congosto que se dirigía desde la ciudad de los paños, y que durante muchos años fue objeto de estudio por parte de las escuelas de Ingeniería del país.

Esa capacidad de trabajo y de creación también se sostuvo en sus peores momentos: los años de la Guerra y Civil, en los que fue detenido en dos ocasiones y confinado en Béjar, ciudad a la que estuvo unido en lo personal y lo profesional. Sus memorias se recrean en esta etapa de su vida, los años en los que, siendo preso político, se ganó el respeto y el cariño de sus compañeros de condena y aún de quienes (la Guardia Civil) tenían a su cargo la custodia de los presos, a los que dejaron a cargo de Samuel por falta de efectivos. El joven Samuel, como los protagonistas de las historias americanas del self-made-man, tuvo que tocar fondo para iniciar una historia de éxito. Hizo de la energía el motor de todos sus éxitos, pero nunca dejó de lado el interés por los que le rodeaban y, al final de su vida, decidió donar la mayor parte de su fortuna a la Universidad de Salamanca.

La Universidad convoca cada año las becas que llevan su nombre, y que se dividen por tercios entre propuestas del Centro de Investigación del Cáncer, la Escuela de Ingenieros Industriales de Béjar y el resto de centros de la Universidad”

Tal y como dejó dispuesto, la Universidad convoca cada año las becas que llevan su nombre, y que se dividen por tercios entre propuestas del Centro de Investigación del Cáncer, la Escuela de Ingenieros Industriales de Béjar y el resto de centros de la Universidad. Y su nombre está escrito con sangre de toro en el Patio de Escuelas Menores, junto a los del resto de mecenas individuales e institucionales (Andrés Santiago, Miguel Moraza, la familia Unamuno, Caja Duero…) de la institución académica.

Andrew Carnegie dijo que morir rico era morir desgraciado. Samuel Solórzano y los que como él han dado ejemplo en Salamanca compartiendo el fruto de su trabajo con el resto de la sociedad pueden descansar felices. Su éxito ha trascendido cuentas bancarias y cierres contables, y forma parte ya de la Historia colectiva de todos nosotros.

 

Publicado en Salamanca XXI en 2005

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