El viaje en familia de Julio Verne

En pleno siglo XIX, mientras los avances científicos y tecnológicos hacían girar los engranajes del mundo cada vez más rápido alimentados por el carbón, primero, y la electricidad después, una nueva forma de energía estaba transformando la realidad con una potencia inaudita: la imaginación desatada de Julio Verne.

Verne, el escritor de éxito, segundo autor más traducido de la literatura universal solo superado por Agatha Christie. El viajero que buscaba nuevas fronteras para su creatividad al tiempo que se alejaba de su hogar. El visionario capaz de explicar la creación y el desarrollo de ingenios que tardarían años en hacerse realidad. Como en toda gran historia, el destino mezcló entre sus naipes la gloria y el reconocimiento en el terreno profesional junto con sus desencuentros familiares que le ocasionaron serios problemas.

En el siglo de las luces, Verne era pura fosforescencia”

Fue un trabajador metódico, que dedicó innumerables horas a documentarse y aprender fundamentos de geografía, matemáticas, física, botánica, geología… Nada del desarrollo científico le era ajeno, porque todo le interesaba. Utilizaba el conocimiento para construir ficciones a base de realidad. A veces señalando el camino de nuevos descubrimientos, otras intercambiando información con pioneros de las nuevas tecnologías, y muchas más promoviendo vocaciones científicas entre sus miles de lectores. Siempre provocando la admiración del mundo en una época en la que la humanidad se asomaba al futuro. En el siglo de las luces, Verne era pura fosforescencia.

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La Fundación Telefónica acaba de inaugurar una exposición sobre su figura y su obra. Su título es Julio Verne: los límites de la imaginación, y se han encargado de organizarla los mismos comisarios de la muestra que en el mismo espacio se ofreció sobre Nikola Tesla hace ahora un año.

El recorrido abarca su obra literaria y su posterior adaptación al cine y al teatro. Hay un espacio dedicado a la tecnología en la que se presentan interesantes instrumentos científicos como telégrafos, brújulas, bobinas, y utensilios de navegación. Hay también muchos mapas, y una llamativa proyección con los recorridos de los personajes de sus novelas a lo largo del globo terráqueo.

Pero lo más interesante, para mí, es la incorporación de personajes coetáneos a Verne, algunos relacionados directamente con él, otros ajenos a su vida y a sus libros, pero unidos siempre por el afán de innovar y el impulso de la aventura, de ir más allá. Varios de ellos son encuentros esperados, como el caso de Isaac Peral, creador del submarino moderno, o Alberto Santos Dumont, pionero de la aviación. Pero sorprende encontrar al sueco Salomon August Andrée, funcionario de patentes que dejó su vida en el intento de cruzar el Ártico en globo. O a Nelly Bly, la periodista norteamericana que desafió a la novela La vuelta al mundo en 80 días para circunvalar el globo bajando la marca de Phileas Fog en más de una semana, con tiempo incluso para visitar al propio Verne en su casa de Amiens. O el también francés Louis Marie Boutan, pionero de la fotografía subacuática.

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El itinerario de la exposición combina la técnica y sus avances con las historias personales. El éxito de nuevos descubrimientos y desarrollos tecnológicos de personajes casi clandestinos, como los españoles Julio Cervera y Jesús Fernández Duro, se mezclan con las aventuras míticas de Shakelton y otros exploradores menos conocidos como el argentino Hernán Pujato.

En la parte final, el relato se pasa al cine para recordar la influencia de la obra de Verne en numerosas películas, cerrando el telón con una de las frases más recordadas del escritor francés: “Todo lo que una persona pueda imaginar, otras podrán hacerlo realidad”.

Julio Verne como epítome del prodigioso siglo XIX, se presenta en la Gran Vía de Madrid acompañado por su otra familia. La que viajaba a la velocidad de su imaginación de la Tierra a la Luna, la que le siguió a bordo de los trenes, barcos y globos con los que atravesó el planeta. La que creyó en el positivismo como palanca para mover el mundo.

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Julio Verne, los límites de la imaginación. Hasta el 6 de febrero en la Fundación Telefónica de Madrid. No se la pierdan.

 

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