Dilema sobre el río Kwai

Hace unos meses leí una información de Rubén Folgado en Innovadores de El Mundo sobre sistemas de transferencia de conocimiento. En ella se analiza el modelo de Oxford, que desde hace años canaliza estas actividades a través de una entidad denominada Isis Innovation.

El director general del asunto, Tom Hockaday, explicaba las bondades del experimento, sentenciando desde el titular: “Cualquier centro de transferencia tecnológica que no sea viable debe desaparecer”.

Estoy bastante de acuerdo con la música del discurso (la nueva economía hace imprescindible que se impulse la innovación como motor estratégico del desarrollo), pero me chirría el estribillo. Dice Hockaday que “una universidad no puede dedicar recursos a algo que no genere beneficios, tienen que dejar de pensar en lo no comercial”.

¿Comercial son sólo los resultados que se pueden vender, o cuentan los nuevos conocimientos en lingüística o en ciencia política, por buscar dos ejemplos de algo que nos afecta a diario a todos los ciudadanos del planeta? ¿Le renta más a una universidad el desarrollo de una patente, la gramática de una lengua que usan millones de personas o la validación de un modelo de análisis electoral para aplicar a las democracias emergentes? Habría que echar las cuentas, pero para ser capaces de establecer con fiabilidad el valor de cada cosa, intangibles incluidos, y para ello tendríamos que echar mano de otros investigadores cuyos productos “no pasan por caja”. Yo pienso que todo suma, y que las disciplinas menos aplicadas o más básicas generan una actividad de investigación que está en el propio ADN de las universidades y a la que no se debe renunciar. Y seamos realistas, se llevan la parte del ratón de los presupuestos.

Las disciplinas menos aplicadas o más básicas generan una actividad de investigación que está en el propio ADN de las universidades y a la que no se debe renunciar”

Pero volvamos a la base de la información: Para multiplicar la innovación hay que hacer un esfuerzo por dar a conocer los desarrollos de los centros de investigación.

La transferencia de conocimiento es uno de los talones de Aquiles de las universidades españolas. En los años 80 se crearon las OTRI con una cierta orientación al mercado, pero lo cierto es que la mayoría cumplen ahora 30 años mirando más hacia dentro que hacia fuera.

Isis Innovation abrió hace un par de años una oficina en el Parque Científico de Madrid, pero ignoro cómo les está yendo. En otros lugares se han puesto en marcha modelos con un enfoque de este tipo, en el que el marketing y la comunicación se abren paso como mecanismos de ese proceso de innovación, que invariablemente tiene que acabar en el mercado (que es el salto por el que se pasa de la I+D a la i que les acompaña al final de la suma, como pidiendo perdón).

La comunicación aplicada a la innovación es un mundo fascinante en equilibrio entre la ciencia, la tecnología y la economía. Juega con la ventaja de que ofrece información sobre productos y servicios en la fase inmediatamente anterior a la comercialización, pero lo cierto es que quienes se encargan de la transferencia del conocimiento en las universidades dedican muy pocos recursos (materiales y no digamos humanos) a vender lo que se hace. Ya hablaré de esto más adelante, entre otras cosas porque me da de comer.

En el subtítulo de la información de El Mundo el experto dice que defiende los puentes universidad empresa. Es un contrapeso a la sentencia del titular y una contradicción en sí misma, porque comienza diciendo que hay que acabar con las estructuras ineficaces pero que nos hacen falta los mecanismos de interfaz para relacionarnos con el sector productivo.

Y yo, que soy muy peliculero, me imagino a Hockaday como el coronel Nicholson sobre el puente sobre el río Kwai: una obra de ingeniería impecable puesta al servicio del bando equivocado, mientras le come el dilema moral de si salvar el trabajo realizado o volarlo por los aires.

¿Nos cargamos el sistema o tratamos de reconducirlo hacia la eficiencia?

Nos hacen falta esos puentes señor Hockday, aunque algunos sean de madera y desemboquen en espacios vacíos. Y mientras no dispongamos de otros, son nuestra única vía de comunicación con el mundo exterior.

Y le recuerdo que en la peli muere el bueno.

PD: La fotografía que ilustra la información la firma Gonzalo Arroyo y también es muy buena.

firmacoll

 

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