De las universidades de empresa a las empresas universitarias

Medio centenar de empresas españolas tienen su propio centro de formación superior. Se las conoce como universidades corporativas, porque ofrecen programas de alto nivel para sus empleados. Algunas cuentan con decenas de miles de alumnos al año, y varias de ellas, como las del BBVA y Gas Natural, han abierto campus en otros países.

Aunque en España son modelos recientes, de no más de 20 años, las universidades de empresa tienen una larga trayectoria en otros países. La Hamburguer University de McDonalds y la Crottonville de General Electric son dos de las más antiguas, creadas hace medio siglo en Estados Unidos.

Se trata de estructuras de enseñanza surgidas de la necesidad de las compañías de formar a sus directivos en habilidades y conocimientos imprescindibles para el crecimiento de la empresa. Por eso en su catálogo conviven cursos transversales de liderazgo, internacionalización, marketing e idiomas con programas especializados en áreas concretas, en los que nuevos conocimientos hacen necesario el reciclaje, así como en aspectos específicos de alto valor para la empresa en momentos concretos, como los procesos de fusiones y los cambios de normativa o fiscalidad.

¿Cómo pueden las empresas que no tienen ni la experiencia ni el know how crear centros de enseñanza superior?”

En un país como el nuestro, donde el mapa universitario es mayoritariamente público, es un concepto que choca ¿Cómo pueden las empresas que no tienen ni la experiencia ni el know how crear centros de enseñanza superior? ¿Y por qué lo hacen pudiendo llegar a acuerdos con las universidades tradicionales para que sean ellas quienes se encarguen de ello?

Para las empresas que deciden poner en marcha un sistema de este tipo (caro y alejado de las actividades que le aportan valor a la cuenta de resultados), las razones están claras. En estructuras como las de Telefónica o Gas Natural, con miles de empleados trabajando en varias decenas de países, repartidos en mercados y productos y servicios diversos, este modelo de formación se convierte en una herramienta con unas ventajas que van más allá que la propia transmisión de conocimiento: refuerzan la cultura corporativa; aportan nuevos activos en la retención del talento; sirven como vehículo de transmisión de buenas prácticas; permiten crear programas de formación a la carta y pueden convertirse en el think tank de la empresa, jugando un papel estratégico de cara al futuro.

El principal problema, la docencia en sí, se resuelve en muchos casos a través de acuerdos con otros centros de enseñanza, generalmente escuelas de negocio, que diseñan programas de formación in company ajustados a lo que la empresa necesita. Según algunas estimaciones esto ocurre en más del 70% de los programas que se ofrecen en España por esta vía, y el porcentaje asciende al 90% en otros países. El resto de la formación tiene que ver con el conocimiento que se genera en la propia organización, fundamental para las empresas, y es impartida por sus propios directivos.

En un mundo globalizado, la gestión del conocimiento podría migrar del ámbito académico a las estructuras puramente empresariales”

Entonces ¿Qué papel juegan las universidades “de verdad” en todo esto? Pues muy pequeño. Sólo las que tienen una vinculación fuerte con el mundo de la empresa, como Deusto y Mondragón, son capaces de ofrecer este tipo de formación atendiendo a lo que las compañías necesitan.

En realidad este tipo de universidades no son tales, en el sentido estricto del término: No se crean por acuerdo de ningún parlamento, ni ofrecen formación homologada. No investigan, y sus sistemas de acceso y de enseñanza, así como el proceso de selección del profesorado, no se rigen por los protocolos establecidos por las administraciones públicas. Se las llama así porque cumplen esa función de ofrecer formación superior, pero se dirigen a un público cautivo, y por lo tanto, piensan en los campus tradicionales, no son competencia.

Pero esto no tiene que ser así siempre. En un mundo globalizado, donde las multinacionales manejan balances superiores a los presupuestos públicos de algunos países, la gestión del conocimiento podría migrar del ámbito académico a las estructuras puramente empresariales, que son receptoras tanto de los recursos humanos que se forman en el sistema universitario como de una parte de la I+D que allí genera. Y en una situación como la actual, con un descenso sostenido de la inversión pública en la enseñanza superior, no es descabellado pensar en que algo así pueda empezar a suceder.

Sería una buena pregunta para los responsables de los consejos sociales de las universidades, cuya función principal es la supervisión de sus actividades, incluyendo la aprobación del presupuesto y la organización de la oferta de titulaciones. Y ahora sería un buen momento para hacerla, ya que están de actualidad: su presidencia a nivel nacional, según ha adelantado ABC, podría recaer en Manuel Pizarro, consejero de El Corte Inglés y expresidente de Endesa.

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