Altamira: Ciencia frente a creencia

Altamira, la película estrenada hace unas semanas con Antonio Banderas a la cabeza del reparto, sigue en la cartelera de más de 80 cines en toda España. Es una buena noticia para la cultura, y también para la ciencia.

Hace unos años se puso de moda una afirmación esgrimida con alegría por los más fervorosos divulgadores científicos: Sin ciencia no hay cultura. De hecho ese fue el título de un congreso celebrado en el CSIC en el que tuve la ocasión de participar.

Pero lo cierto es que la cultura, o más concretamente la industria cultural, no ha tenido mucho en cuenta a la ciencia a la hora de poner en marcha proyectos atractivos. En el caso del cine son contadas las películas españolas en las que se aborda la ciencia como eje principal de los guiones. Ágora, firmada por Alejandro Amenábar en 2009 ha sido la más reciente excepción. Y ahora acaba de llegar Altamira.

La industria cultural, no ha tenido mucho en cuenta a la ciencia a la hora de poner en marcha proyectos atractivos”

La película se construye a partir de un patrón que tiene las de ganar: la historia de un luchador enamorado de una pasión (la ciencia) al que se presenta como un náufrago con una manzana en la boca rodeado de tiburones a la hora de la cena. Banderas interpreta a Marcelino Sanz de Sautuola, un acaudalado terrateniente santanderino aficionado a la historia natural que descubre, en compañía de su hija, las pinturas rupestres de Altamira. A lo largo de la película se cuenta su historia completa de las vicisitudes que acompañaron a la defensa del descubrimiento como uno de los mayores hitos de su tiempo en el conocimiento de la prehistoria.

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Marcelino Sanz de Sautuola (Foto: Wikipedia)

Hay dos aspectos de la película que me llamaron la atención: El primero es la lucha que ciencia y creencia libraron durante la segunda mitad del siglo XIX (y una parte del XX en el caso de España) en el momento en el que el conocimiento científico se impuso a la religión como instrumento fundamental para explicar el universo y todos sus elementos. El segundo, que resulta un argumento menor en la cinta, es la relación entre los científicos profesionales y los aficionados.

Ese pulso entre la religión y la sociedad más conservadora frente a la ciencia y los defensores del progreso es una de las características que cierra el ciclo iniciado en la Ilustración, y que muestra su cara más áspera en el momento en el que las tesis de Charles Darwin sobre el origen de las especies son aceptadas por el grueso de la ciencia internacional.

La reacción del poder espiritual frente al tsunami que venía a remover más de mil años de historia sobre la que se sentaban sus principios estuvo a la altura de lo esperado. Puede apreciarse en la película a nivel local, no solo a partir de la posición de la Iglesia respecto a la propuesta del descubridor de Altamira, sino en su propia familia, en la que el péndulo entre ciencia y creencia bascula del uno al otro lado del matrimonio. Se trata de un proceso que se dio, con más o menos peculiaridades, en todo el mundo occidental, desde la pujante Inglaterra victoriana hasta la España en la que un siglo de enfrentamientos y guerras civiles terminó dejando al país en la casilla de salida del atraso y la miseria, a las puertas del siglo XX.

Una de las figuras nacionales que mejor refleja lo tremendo de ese pulso fue Odón de Buen, pionero de la oceanografía en España acosado por defender las tesis de Darwin, de cuya figura escribió una interesante biografía Antonio Calvo Roy.

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Ese es el hilo argumental de Altamira, aunque para mi gusto el casting ponga en aprietos la credibilidad de la autoridad eclesiástica y de la mujer de Sanz de Sautuola. La historia se mueve al compás de esos enfrentamientos, que dejan solo al protagonista. En su descenso a los infiernos, un segundo frente le da la puntilla: la comunidad científica internacional, acaudillada por el francés Cartailhac, cuestionó la credibilidad de las pinturas. Pasaron más de 20 años hasta que la sombra del fraude desapareció, dejando al mundo boquiabierto ante el milagro de las manadas pétreas de la cueva. A esas alturas, su descubridor ya había muerto.

Esa inmutabilidad del establishment científico de la época resulta interesante, sobre todo porque la ciencia, también hoy, vive en la permanente contradicción de satanizar casi por principio cualquier propuesta que no se ajuste a los cánones dictados por las autoridades del área correspondiente. De esa forma se destapan algunos fraudes, pero también se ahoga la creatividad de quienes se atreven a vislumbrar más allá de las fronteras del conocimiento.

Con todos sus matices, Altamira resulta una interesante aportación al cine español, en el que la ciencia parece que solo tiene cabida en forma de ficción. Hay otras grandes historias asociadas a investigadores con vidas y trabajos tan laboriosos y fascinantes como los del descubridor de los míticos bisontes. Se me ocurren las peripecias de Isaac Peral  y Leonardo Torres Quevedo, por no irnos muy lejos. Están pidiendo un guión a gritos.

Pasaron más de 20 años hasta que la sombra del fraude desapareció, dejando al mundo boquiabierto ante el milagro de las manadas pétreas de la cueva”


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2 Comments
  • EDUARDO
    abril 30, 2016

    A Fray Luis lo encerraron por traducir el “Cantar de los cantares”, texto bíblico, pero de carácter dramático-lírico, no religioso. Al buen agustino no se le ocurrió otra cosa que traducirlo al castellano para que la incipiente población alfabetizada de aquellos tiempos pudiera leerlo en su idioma. No le gustó la idea al poder eclesiástico, que temió que Fray Luis volviera a la carga, tuviera la tentación de traducir partes más sensibles de las Sagradas Escrituras y con ello a los fieles les diera por hacer quién sabe qué interpretaciones de esos textos que sólo debían desentrañarse desde los púlpitos para mantener incólume la doctrina oficial.
    Contemporáneo de Sautuola, Dorado Montero también tuvo en Salamanca sus más y sus menos con el clero. El vecino de Navacarros nació manco y sus padres lo enviaron a la capital de la provincia para que estudiara con la esperanza de que se labrara un futuro menos físico. Se licenció en Derecho y en Filosofía, y de Bolonia regresó con el doctorado, después de conocer nuevas formas de entender la delincuencia. Al Obispo Cámara (y a tantos universitarios rancios, que aún parecen seguir ocupando sus cátedras pasados más de cien años) no le gustó aquello de que Dorado cuestionara el libre albedrío del ser humano, o que estimara al delincuente un “ser atávico”, poco evolucionado según las teorías de Darwin.
    Pasan los siglos y los patrones se repiten. El poder (religioso o temporal) que aspira a ser absoluto hace todo lo posible por evitar cualquier clase de juicio crítico. Lo malo de todo esto es que no sólo es historia.

    • Ignacio Coll
      mayo 2, 2016

      Qué interesante la analogía con Fray Luis y con Dorado Montero, Eduardo. En todos los casos es el mismo impulso reaccionario ante la alternativa. Ocurre en todos los órdenes de la vida y puede ser hasta cierto punto natural desde una perspectiva de supervivencia, pero la historia se construye a partir de las ventajas que se obtienen de cambios que mejoran el sistema, no de salvaguardarlo de la evolución a cualquier precio.
      Gracias por tu aportación.

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